Resulta que una tarde ventolosa, Huidobro, el pajarito curiosón, se perdió por los caminos de la plaza más hermosa. Persiguiendo por ahí alguna ramita, o a una linda pajarita, se olvidó de sus alitas y se puso a corretear mirando al cielo.
No más da que en un descuido, como un cruel pícaro anzuelo, los piecitos en el suelo se le fueron a plantar. Que sí nomás, que las patitas de a poquito se le hundieron en el barro gris y fresco de un camino a medio terminar (Se ve que no tan fresco el bandolero, si después de haber dejado un camino de huellitas, pobre tero, sus minúsculas piernitas decidieron ahí quedar).
Y no avanzaba ni una, ni para adelante ni para arriba. Ni para arriba ni para los costados. Sus alitas se movían como locas de lo rápido, pero no lograban más que hacerle un viento a las hormigas- todas ellas para colmo bien dormidas- ¡Pobrecitos regalitos de Dios! No podían hacerlo despegar y por poco el pajarito se empezó a desesperar. No te asustes- se dijo el muy valiente- y arrancó a cantar muy fuerte a ver si se hacía escuchar. Y se ve que resultó, vasto módico remedio, pues dos tiernos hermanitos, de la estirpe pajarito, se acercaron al lugar.
Fatálico y Pesebra, no mas se le presentaron al malaventurado Huidobro se pusieron a charlar. “Que cómo podía ser, ma que tonto pajarito! Como va que un caminito se lo fuera a devorar?” , “No se aflija, pajarito, ya ve usted que en un ratito lo sabremos ayudar” Entretanto discutían los hermanitos, al pajarito prisionero del lodo comenzaron a entumecérsele los pies “Que ya casi no los siento!”conjuraba el pobrecito.
Y fue cuando su hermano se animaba a abandonarla, que la niña pájaro, la pajarita, comenzó a cantar tan dulcísima canción que casi casi hace derretir los capullos de lavanda – que al principio, dicen, se ofendieron, pero luego se convirtieron en testigos de los sucesos más vendidos en el pueblo y el partido-.
Los pajaritos restantes, los dos varones , se quedaron boquiabiertos a tan lúdica belleza, y después de unos momentos, no supieron más que unírsele a la niña, construyendo en tanto el más galán de los cantos.
Casi como un convite, se acercaron los demás pajaritos que por ahí paseaban o chusmeaban escondidos tras los pastos. Y sin ninguno saber bien por qué, se fueron sumando las voces de a poquito, como colores al arco iris dentro de un charco chiquito.
Fueron los niños primero, que oyeron el canto y después los vieron, y ahora se sumaban al simposio de pajaritos. Ellos llamaron a sus hermanos, sus tías y señoras que los cuidan. Después acudió el policía de la plaza, el señor de los pochoclos y más tarde la ambulancia. Así todas las gentes se fueron reuniendo alrededor del caminito, que abrigaba en su interior un muy avergonzado pajarito.
No bien llegaron los grandes se dieron cuenta de la cosa. Los enfermeros se miraron, hicieron caso omiso al arreglador de televisores -que ofertaba veinte pesos para llevarse al pajarito sin piernas, encubarlo en un frasco con algodón y exhibirlo en su comercio por solo cinco centavos-, y decidieron que lo único que podían hacer era actuar lo más rápido posible. Así que mandaron a buscar a dos buenos ferreteros y al llegar éstos, empezaron a decirles al oído las más múltiples instrucciones.
Al final los ferreteros comenzaron a trabajar entre los chicos, los grandes, los pajaritos y los ojitos de Huidobro, que todavía guardaba la calma, pues sabía que si la dejaba escapar seguramente espantaría a los demás pajaritos - que levantándose todos a la vez se chocarían entre sí haciendo ruidos guturales de pajaritos y desparramando plumas, asustando así a los niños que correrían en forma divergente y espasmódica hacia las esquinas, lo cual seguidamente aterrorizaría a todos los grandes revolucionando así el fenómeno pajarito, y por fin, dejándole solo.
Así que él no quería eso. Además -pensó- si no lograban sacarle las patitas con vida, todavía podía intentar volar de noche a vuelo bajo, descansando de día su cuerpito en el frasco algodonado del señor Martinez, con miles de niños mirándole delante.
Entonces Huidobro fue paciente, y mientras los ferreteros trabajaban duro alrededor suyo, vio llegar de frente a la señora Nelly, la manicura de enfrente que traía consigo todo un arsenal quirúrgico de uñas capaz de hacer morir de susto a cualquier pajarito. Pero a él no le pasó, porque Huidobro- más curioso que perezoso, pero también más apasionado- sabía de algún modo incomprensible que todas esas gentes estaban ahí para ayudarle.
Lo demás es historia conocida, la parte en que los ferreteros trabajaron hasta extraer del suelo el cuadrado de cemento correspondiente a Huidobro, y luego cómo la señora de la manicuría se encargó de limar cada pedacito sobrante a los costados de sus patitas. “Sólo un poco de cosquillas” exclamó él sonriente fundiéndose en aplausos y prolongando un poco la sonrisa con tal de salir bonito en la tapa del diario del siguiente día.