16 de agosto de 2009

cuadernos de infancia

Cierta vez se me ocurrió hacer una lista de mis manías para contemplarlas fríamente y tratar de librarme de alguna de ellas. Aunque reconocí que las más tenaces se arraigan en mis primeros años, me propuse combatir las más recientes. Ese estudio prematuro no me aportó ningún descanso, sin embargo, y durante mucho tiempo seguí envidiando a mis hermanas, quienes, al acostarse, no perdían ni un minuto, mientras que yo me pasaba las horas enteras en idas y venidas que no me aportaban ninguna utilidad ni alivio.

Cuando ejecutaba alguna cosa con orden, no era por prolijidad, sino debido al impulso obsesivo de procurarle un bienestar a cualquier objeto y, si fuese posible, que se hallase en contacto con otro similar. Los lápices de colores, las palabras recortadas, los juguetes, no conocieron ninguna soledad, pues siempre se encontraban situados uno al lado de otro, como si hablasen en secreto.

Recuerdo que la institutriz nos habituó a que ordenásemos nuestra ropa. Yo colocaba los camisones, unos encima de otros, procurando que no se rozaran con las bombachas, y nunca pude dejar una enagua sola, alejada de las otras, porque me parecía que se quedaba triste.

Antes de acostarnos debíamos de poner los juguetes en su sitio. A mi no me bastaba agrupar las muñecas, procurarles la ternura suficiente del contacto de sus brazos. Cuidaba, además, sus posturas. A veces era necesario que me levantase de noche, para ir, a escondidas, al cuatro de los juguetes y cerciorarme de que ninguna mantenía un brazo en alto, la cabeza agachada o dada vuelta hacia atrás. No hubiera podido dormir pensando en que se pasaría toda la noche con una pierna encogida, sentada de costado, en una posición incómoda. Esta costumbre me siguió mucho tiempo. Mas tarde, al visitar alguna casa donde hubiera criaturas, permanecía hasta que se hallaran acostadas para aproximarme a las muñecas, disimuladamente, y con un gesto distraído bajar un brazo, enderezar una pierna.

Nunca pude, tampoco, beber sólo un trago de agua o de cualquiera otra bebida. Era imprescindible que fueran dos, cuatro, seis. Hasta cuando me veía obligada a tomar un remedio de un sorbo, lo separaba en dos dentro de la boca, por desagradable que fuese. Con la cerveza me ocurría lo mismo; por mucha sed que tuviera, a medida que la bebía contaba los sorbos para detenerme siempre en un número par, y durante mucho tiempo, todas las noches, antes de acostarme, bebía cuatro traguitos de agua.

norah lange, 1957