
Si la intimidad es el vértigo de un puro ensimismamiento o la onda expansiva de un encuentro entre dos polos amorosos, es preciso de algún modo que el idioma que la hable, para hablarla realmente, y no simplemente para añadirle una línea de diálogo, sea menos un discurso que una emanación, menos una frase —con su arquitectura, su cierre, su legibilidad— que un flujo informe de exabruptos, suerte de secreción logosomática, a medias verbal, a medias física, que va y viene entre los íntimos igual que una mirada, un lapsus corporal o una resonancia térmica.
El fondo de los fondos, por Alan Pauls.
El fondo de los fondos, por Alan Pauls.
