Así, Estimado Señor, usted me dice:
“Deje esa agitación,
deje a un lado esa política,
usted es más bien alquimista,
prestidigitador o mago,
nacido para destilar las imágenes,
el alcohol de las palabras en el alambique
enigmático del lenguaje.
Usted es un fabricante de fluidos mágicos,
especialista de la mística,
de la intuición, del instinto
y de otras creencias apolíticas.”
Cierto: confieso que me he entregado
mucho a la brujería.
Sin embargo, no deploro
esta práctica de antaño.
A menudo, en el opio del poema
se durmió mi sufrimiento.
Aquellos elíxires me curaban
de la desesperación, o simplemente
lo hacía por novelería,
para agradar a la musa encantadora
y misteriosa farmacéutica
para las visiones apolíneas;
y, en las ansias, me sentía triste,
solitario y apolítico.
Sin embargo, una tranquila noche
en que me entregaba a estos ejercicios
en mi laboratorio de provincia
vi a través del tul
de las cortinas, a través de la bruma
del éxtasis y de las florituras
el alba surgiendo del sueño
(y el mar…, maravilla bermeja).
Y ya quería yo ofrecerme
un poema debidamente lírico
cuando vino el incendio mundial,
incendio ciertamente político.
El infierno se abría a cada paso
quemando mortalmente, como un cráter,
el mundo se hizo distinto
y el enemigo más claro.
Las imágenes en bancarrota
han huído, Dios sabe dónde,
en el momento en que
y el poeta muy político
salta de su chimenea de alquimista,
con los ojos abiertos por la sorpresa.
Es así como la política
aproxima más al hombre
eficaz y dinámico.
Ella me hizo pasar, como
el hilo a través de la aguja,
por su costura sólida,
uniéndome a la vida;
porque su sangre riega
la transformación del mundo;
y con su tensión eléctrica
siembra de emociones
la tierra baldía de las conciencias,
esta política poética.
Y gracias a la política
creadora comprendí
el significado profundo
de los siglos y del menor instante
y por qué mi madre constante,
mi época, diariamente,
me trae al mundo.
