29 de noviembre de 2008
16 de noviembre de 2008
Almendrita.
Esa mezcla rara de naturalidad y usanza hacía del pequeño ritual algo extraordinario. Siempre la misma muñeca de encaje bordó llamaba su atención, siempre el mismo cajón de fruta (el de la esquina, el de las frutillas feas que a veces cambiaban por duraznos), la misma pastilla de jabón (que hasta se atrevía diariamente, sin inquietud alguna, a pedir permiso para acercarla a su nariz) y esa hermosa pollera de tela hindú que todos los días miraba de reojo, como al pasar, con excepcional fingido desinterés. Nunca se había animado a preguntar el precio, tampoco quería mirarla mucho, tenía miedo de que la aparición de una cifra (redonda, inmoderada y hasta penosa) despertara su manía y pudiera hacer de esa prenda un objeto precioso deseado, un vicio, una obsesión.
Ella sabía muy bien que en su vida no había lugar para ese tipo de pasiones, de las mundanas, por lo que siempre se había limitado a observar la pollera con aire de despreocupación. Más ni si quiera la observaba, tan sólo rozaba con sus ojos los colores de la tela unos segundos, incluso a veces no alcanzaba a distinguirlos. Acariciar ese trozo de tela con las manos no estaba ni en sus sueños, mucho menos poseerla. Por eso se contentaba con amarla, pero al pasar, como parte constitutiva del ambiente, como pieza decorativa de la vereda.
Después de todo, realmente no la necesitaba. Ella guardaba en casa un ejemplar afín de tela bonita y fantástico zurcido. Habían comprado la tela hace años en un mercado español, le habían dicho. A fin de cuentas, todo lo que precisaba estaba en su mochila: aquella humilde bolsita de papel, coloreada con un poco de acuarela azul y anaranjada, con los manjares más exquisitos de toda la ciudad: los buñuelos azucarados de su abuela.
Miró para ambos lados y cruzó la calle, dando por finalizado su preciado ritual y comenzando, quizás, uno nuevo. Pisó la plaza y, mientras avanzaba, trató de no mirar para el lado de los juegos. Ya debían ser las siete y su papá seguro la estaba esperando. Ella siempre tardaba más tiempo de lo acordado, su risueño recorrido lo demandaba. De todos modos, su padre nunca la retaba, hacerlo hubiera sido poco indulgente.
Aceleró el paso y al otro lado de la plaza divisó a los suyos. Marquitos, Damián y Brian ya estaban allá. Su padre, que la había visto desde que dobló en la esquina, disimuló el apuro acomodando un par de piolines en el carro. Después de todo, a esa hora la gente ya había empezado a sacar sus bolsas a la calle y había mucho trabajo por hacer. A fin de cuentas, tampoco eran los únicos.
Juiciosita, le decía siempre su mamá.
20 de octubre de 2008
Oda al Palais de Glace
Voy a sentarme a escribir un cuento
Sentármele voy a escribir
A escribirme que me le siento
contándole que le voy a escribir
Un cuento
Le siento
Y me voy.
(a escribirle)
Un cuento chiquito
Conciso
cortito y bonito
Que asuste y encante
y le cante
y que llore
y se alimente
solo.
Sentármele voy a escribir
Un cuento que embruje y dibuje.
Habítele en cada letra
Dos nota les escondidas
Pero que no diga
Lo que mendiga decir
si es que me siéntole
contándole que le voy a escribir.
Yo quiero un cuento
Que no me cuente nada
No quiero lo que no dice
Ni lo que dice de lo que no
Un cuento chistoso, gracioso
Que no
Ni que tremebundo me.
Sentarle
No voy a escribirme
ni
Contándole
(Que le voy a escribir)
19 de agosto de 2008
El último tango en París.

El fondo de los fondos, por Alan Pauls.
11 de julio de 2008
el infierno está encantador esta noche.
Caminan conmigo mientras fumo, y se me esfuman.
Miedo del teclado y vergüenza de la tinta.
43, hago mas largo el camino hasta mi casa.
A ver si por casualidad tu vecino de enfrente-66- mira antes de tirar su bolsa de basura, cuarentaidós.
O si en una de esas el viento arranca el bollo del tacho y lo hace cruzar la calle, 84.
Y si el trozo minúsculo de papel se decide a quedarse toda la noche en tu vereda-cincuentaycinco-.
Salís a la mañana -96- y descuidado miras expectante el piso
buscando nada, buscando me.
07, se lo siente
(celos siente)
Patafísica para mí al cuadrado y el mundo se sigue llamando por su nombre, 68.
Después de todo-setentaysiete- a esta hora ya no tiene sentido seguir jugando.
Veintidós
No aflija, Traveler, Talita y Oliveira te esperan, allá en la cama.
Creelos tuyos por una noche y multiplicalos por 23.
Como si fuera evitable sentir goce al quemar ceniza de Gauloise. Asco.
Vergüenza, Asco y lástima, como decía Mauricio-devuelta veintidós-.
Ojo, si me sigo rindiendo es porque algo queda.
28 y bostezo.
Probablemente aún no hayas llegado a tu casa
O quizás no pienses irte de la de ella.
46, se lo extraña al dieciséis.
Pufa, línea cantó el de al lado.
15 de mayo de 2008
De aquí hasta abajo:
Matemos al emo que llevamos dentro.
(o exteriorizémoslo definitivamente).
3 de abril de 2008
todo lo que sé ya lo escribieron
esta fresco y se golpean las persianas.
o debe ser la almohada
hay música en algún lugar,
mis amigas deben estar allá.
Me faltan cigarrillos
son las cinco y estoy durmiendo, pero me faltan.
camino y necesito abrigo
alguien vino de lejos para verme,
yo me fui a dormir.
Hace dos cigarros y un caramelo que te espero
(si te quedas, te cambio un beso por un cuento)
(de miedo)
pero te vas
y esta fresco.
la música sigue sonando..
allá
Me molestan las luces,
tengo miedo de las sábanas
esta fresco
esta fresco y se golpean las persianas.
22 de marzo de 2008
Del dragón, la violeta y la princesa (amurallada)

En un remoto pueblo, apolillado
moraba un dragón añejo,
terco , desdeñado
de voz ronca y pueril
aspecto desprolijamente elegante
le placía pasear por el bosque,
cantando flores.
Amaba la cueva, el olor, su sonido.
Jugaba de noche enrollando mapas,
contando cigarros y hojas de libro.
Le gustaban las violetas.
Poseía el astuto dragón,
encanto de polvo azucarado
y amargo
(envuelto en papel opaco)
ganado en su última batalla
en vez de dinero, poder o fuego
las más agraciadas maduras violetas.
Y un beso.
Lo veía pasear la princesa
lo admiraba.
Le gustaba soñar
de a ratos,
lo pintaba.
Vivía el dragón en su cabeza
y en su jardín,
las violetas.
Princesa inocente,
frágil
e hipnotizada.
Violeta desteñida, pulcra
y enamorada.
Dragón ocurrente descortés
regalóle a la princesa
una violeta
Sonificada
para que la sutil niña
también de ella
se embelesara
o
trastornara.
Vivió la doncella
delirando tristezas.
Soñó, lloró y
vomitó
violetas.
Nunca más miró por la ventana
ni
pintó.
Paseaba el dragón
Con ojal en la violeta
por la ventana princesa
Esperando
que
quizás
la niña doncella
lo
dibujara
(de a ratos,
con acuarela).
