2 de noviembre de 2010

Una iglesia románica

un poema provenzal de amor

Cantad , cantad , gusanilleras , que la deshojadura 
gusta de los cantos ! Hermoso está el follaje de las mo- 
reras , hermosos son los gusanos de seda y duermen 
su tercera dormida. Las moreras están pobladas de 
muchachas á quienes el buen tiempo ha puesto alegres
y juguetonas como un enjambre de rubias abejas 
que va robando la miel á los romeros del pedregal. 
 
— ¿ Conque te parezco linda ? ¿más que tu hermana? 
dijo la niña á Vicente. — Mucho más , respondió éste. 
— ¿Y qué tengo de más ? — ¡ Madre divina ! ¿ y qué tie- 
ne de más el jilguero que el delgado reyezuelo , sino 
la misma hermosura y el canto y la gracia ? — ¿ Más to- 
davía ? dijo Mireya. — ¡ Pobre hermanita mia ! ¡ no vas 
á llevar lo blanco del puerro ! contestó el muchacho. 
Como el agua del mar , Vicentita tiene los ojos claros 
y azules ; mas los tuyos , Mireya , son negros como 
azabache, y cuando sobre mí centellean me parece 
que bebo un vaso lleno de vino cocido. Cuando mi 
hermana con su voz delgada y clara cantaba La Peiro- 
nela , yo escuchaba con sumo placer sus dulces ento- 
naciones ; pero cualquiera de tus palabras ¡ oh niña ! 
más que ninguna cancioncita encanta mi oído y turba 
mi corazón. De andar por las dehesas, como un raci- 
mo de dátiles mi hermana se ha quemado el rostro y 
el cuello con el sol ; pero tú , Mireya , eres , á lo que 
entiendo , como la flor del asfódelo, y la mano tostada 
del estío no se atreve á acariciar tu blanca frente. Como 
una señorita de arroyo , mi hermana está todavía del- 
gada , ¡ pobrecita ! ha hecho en un año todo su creci- 
miento. ¡ Pero á tí , Mireya , de la cabeza á los pies 
nada te falta para ser completamente hermosa !... De 
nuevo dejó escapar la rama la muchacha, y poniéndo- 
se colorada : — ¡ Oh ! exclamó , ¡ picaro Vicente !... 
 

una carta de Abelardo

Tú sabes a qué bajeza arrastró mi desenfrenada concupiscencia a nuestros cuerpos. Ni el simple pudor, ni la reverencia debida a Dios fueron capaces de apartarme del cieno de la lascivia, ni siquiera en los días de la Pasión del Señor o de cualquier otra fiesta solemne. Merezco la muerte y alcanzo la vida. Se me llama y doy la espalda. Persisto en el crimen y soy perdonado contra mi voluntad.

Me dices: “Pero yo sufrí por ti”. No lo pongo en duda. Pero sufriste más por ti; y eso mismo contra tu voluntad. No por un amor que saliera de ti, sino por coacción mía. Ni redundó en tu salvación, sino en tu dolor. Él, en cambio, padeció porque quiso y te trajo la salvación; Él que con su pasión cura toda enfermedad y disipa toda pasión. En Éste – te lo suplico – no en mí has de centrar toda tu devoción, toda la compasión, toda compunción. Llora la gran injusticia cometida con un ser tan inocente y no llores la justa venganza de la equidad sobre mí – y, si quieres, como ya se dijo – la suprema gracia sobre nosotros dos.

o el Cantar de mio Cid