-Después, herido el cacique parece que se arrojó furioso sobre la tía Rosa, que la mordió y la pateó como una fiera, mientras la negra, sin pensar en defenderse gritaba siempre: "¡Sálvate, Lolita, sálvate, Lolita, hija mía!" Pero el miedo, el miedo, usted sabe lo que es...la niña no se movía, helada de horror, mirando con toda su alma a aquel hermoso cacique, sin brazos, todo ensangrentado, sin hallar fuerzas para huir.
- ¿Y después?- preguntó doña Marcelina con voz conmovida.
-Otros indios que robaban afuera, llegaron perseguidos por el padre y ño Gregorio, que acudió a pesar de su mal. Parece que esos otros cuando vieron a su jefe en aquél estado, sólo trataron de salvarlo, a pesar de los alaridos del cacique, que, en su lengua, les ordenaba sin duda, agarraran a la niña, lo que habrían hecho quizá si no hubieran preferido cargar en brazos a su jefe, para llevárselo, dando espantosos aullidos en señal de duelo.
-¿Y el padre?...¿Y ño Gregorio?...
-El padre, herido en la pierna y como medio dormido, aunque con los ojos abiertos, acabó por dejarse caer en la cama de su hija. De allí miraba la terrible escena sin hacer un movimiento. Mientras tanto, ño Gregorio, solo, a pesar de su edad y de su quebradura, procuraba apoderarse del cacique sin brazos, pues en el momento en que sus indios lo sacaban del cuarto para ponerlo sin duda sobre su caballo, parece que aquel demonio tuvo la horrible idea de asir con los dientes una de las trenzas de Dolores para arrastrarla consigo. Fue entonces que ño Gregorio, que trataba de cortar la trenza, recibió la lanzada de que cayó muerto.
- ¿Y Dolores?
-Dolores, arrastrada por los cabellos, de cuarto en cuarto, por el horroroso cacique que dos de sus indios llevaban cargado, daba gritos de horror que partían el alma, mientras tía Rosa, a pesar de los repetidos hachazos que pegaba sobre las trenzas, no podía conseguir cortarlas. Es cosa muy dura, unas trenzas tan gruesas como esas...
Doña Marcelina, pálida de emoción, escuchaba temblando.
-Y al fin, ¿cómo consiguió salvar a la desgraciada Dolores? -dijo después de algunos instantes.
-Viendo que ya no había esperanza de salvar a su hija, pues tía Rosa, como usted sabe, le ha dado de mamar a la niña, la negra, prefiriendo matarla a dejarla en poder de los indios, le asestó en la nuca un hachazo que casi arrancó la cabeza del tronco.
-¡Qué horror! -exclamó doña Marcelina tapándose los ojos.
